Corredora: el horror está en la distancia
- Sergio Domínguez Cañestro
- hace 5 días
- 9 min de lectura
A partir de ahora cuando se piensen películas para tratar, reflexionar o hablar de un tema tan resbaladizo como la salud mental será necesario nombrar la película Corredora, la más que interesante y sorprendente ópera prima de Laura García Alonso. Aunque sería mucho más que injusto valorar la película únicamente por la actualidad de su tema. Sin duda es un ejercicio de estilo y forma cinematográfica que además te mantiene concentrado e inquieto durante todo el intenso metraje.

Iba a titular esta reflexión como Corredora: la pulsión que no cesa. Y darles así una intención más psicoanalítica a mis palabras. Pero al pensar en el plano de apertura de la película ha venido a mi cabeza las palabras de Bergman en sus memorias cuando afirma con contundencia, el horror está en la distancia, haciendo referencia a lo que sucede en la pantalla en los planos generales donde observamos a los personajes en una letanía donde no podemos identificar que les pasa con claridad.
Y es que el primer plano es un gran plano general de una pista de atletismo donde mientras los créditos le dan dinamismo en la lejanía observamos a alguien que corre. La directora nos sitúa en la historia con el título y con una chica que corre, lo que parece obvio genera desde el principio muchas preguntas. La película nos habla de la subjetividad, de la historia personal de una chica que corre sin parar, en cambio nada menos subjetivo que un gran plano general, donde no identificamos al personaje, no podemos ver que cara tiene, cuáles son sus rasgos, como habla, como es. Solo vemos lo que hace corre y además con una paciencia inusitada asistimos a más de una vuelta completa con el fuera de campo incluido. ¿Quién es esa chica? ¿qué le ocurre? ¿por qué corre? La simple apertura genera un enigma que alerta al espectador.
A partir de ahí, la historia va presentado a los personajes y vamos sabiendo que Cris, la protagonista es una deportista de élite, que corre para prepararse a carreras de máximo nivel, que tiene y se impone una gran presión y que tiene algo muy claro. Entrena con dureza para ser la mejor y ganar. El rostro de la joven actriz es implacable, de expresión dura y belleza amazónica que perturba. Su cuerpo, su forma de moverse será protagonista en todo momento, puede parecer una obviedad porque siempre es así en los actores, los actores y actrices siempre ponen el cuerpo. Pero en este caso, la necesidad de diferenciarse como corredora de élite es un reto interpretativo absolutamente superado.

La pulsión que no cesa
Estamos ante un cuerpo atravesado por una pulsión que no cesa, no hay nada que represente mejor la pulsión que el correr sin parar, o el montar en bici sin parar, o escalar montañas. Como muchas otras cosas son actividades que pueden llevarnos al más allá del placer, al goce mortífero de un cuerpo incapaz de parar, sin límites posible que acaba satisfaciéndose en su propio sufrimiento. Nada parece hacer parar a Cristina, aunque en un principio no sepamos porque eso es así. Y es que la pulsión es esa fuerza entre el cuerpo y la psique que busca ser satisfecha en un objeto, pero cuya satisfacción siempre es parcial, nunca completa, de ahí que el correr sin parar sea una metáfora perfecta de lo que significa la imposibilidad del sujeto humano de satisfacer su deseo.
Además, cuando conocemos al resto de protagonista en un cumpleaños familiar, podemos apreciar un narcisismo excesivo cuya expresión incomoda y perturba a padre y hermana, cuando afirma que no solo correrá, sino que ganará sin dudas, sin matices, sin grietas en el discurso.
Análisis quirúrgico de los síntomas
Al comenzar decía que salud mental es un concepto resbaladizo, es un significante amo que predomina en la sociedad contemporánea, que los jóvenes se toman muy en serio, que los políticos lo incluyen en sus discursos, que celebridades hablan de ello. Pero como buen significante se resiste a tener un sentido cerrado, prueba de ello la dificultad de definirlo y sus múltiples abordajes.
Una película no tiene porque tener la responsabilidad de tener exactitud con la problemática que propone, de hecho, a veces hay películas que pretenden hablar de una cosa y no hablan de eso en absoluto. Freud acudió en multitud de ocasiones a los artistas, afirmaba con contundencia que eran capaz de expresar en un instante lo que al él le costaba años de estudio. Pero si bien es cierto que en primer lugar los encumbraba, más tarde los bajaba del pedestal del que él mismo los había subido para decir que eran sujetos-del- inconsciente como todo el mundo, sujetos-del-deseo y que no necesariamente conocían el sentido de sus obras. Sin duda Sófocles no conocía que su obra daba cuenta del complejo de Edipo.
Corredora es de esas películas que explica de manera quirúrgica lo que acontece en su historia, busca la precisión, pero lo hace con un gran estilo pues lo integra en la narrativa sin que sea forzada. Los síntomas de la protagonista van apareciendo al mismo tiempo que el pulso narrativo de la historia avanza, acompañamos a Cristina en su determinación primero, en su disciplina y su furia, pero al mismo tiempo poco a poco nos vamos inquietando cada vez más. Aquello que tiene aspecto de normalidad, se va volviendo perturbador y aparece de nuevo la distancia en el espectador lo que en un principio es identificación se acaba convirtiendo en horror.
Y se agradece el tacto y la sensibilidad de la directora, en la realidad psíquica y por tanto en la subjetividad (prefiero este término a salud mental) no todo maniqueo ni blanco o negro, ni todo ocurre de golpe. La línea entre la “normalidad” y lo patológico es otro de los lugares de los que necesitamos tiempo para identificar y reflexionar sobre ello. Por eso no es suficiente, aunque sea necesario, poner el ideal en la prevención y en los factores de protección.
En la protagonista todo aquello que nos parece normal se va convirtiendo en extraño, de la disciplina excesiva se pasa al exceso, de la necesidad de orden se pasa a la obsesión, la relación con la comida se vuelve problemática y finalmente aparece la paranoia, que empieza con un discurso que genera extrañeza y acaba con unas voces que cercan a la protagonista que realiza un pasaje al acto tirándose por el balcón de la habitación.
Todo esto va acompañado en la película con una música que hace la función de anticipo, de crear desasosiego y que te va envolviendo hasta que te atrapa como atrapada queda la protagonista por su paranoia.
Ocurre lo que parece algo inevitable en el sentido que nadie ha sido capaz de verlo venir, ni padre, ni hermana, ni compañeras, ni entrenador, nadie ha sido capaz de identificar que ha podido pasar. Los síntomas se han escondido entre la necesaria disciplina, la autoexigencia, la presión, el deseo de ser la mejor. Y es que los síntomas en ocasiones cumplen la función de ser parte de la identidad del sujeto, de ser un rasgo de su personalidad. Por cierto, no vemos apenas sonreír a la protagonista. Todo es puro goce, satisfacerse en aquello que hace mal.
Y ante el acto traumático no queda otra que el internamiento médico y el tratamiento con psicofármacos. Aquí una vez más la directora nos muestra el impacto en el sujeto de los antipsicóticos. Por supuesto, no se trata de negar la necesidad del uso de los psicofármacos y menos después de una crisis, pero la película nos muestra a la perfección como si bien las pastillas hacen la función de aplacar la paranoia y otros síntomas psicóticos, la consecuencia es de un desasosiego absoluto y es la anulación absoluta del sujeto, la obturación de cualquier deseo. Muy pronto la protagonista se revelará ante los efectos secundarios.
La deflación del padre
¿Cómo reaccionar ante una situación así? El padre actúa con un desconcierto y desorientación total, escuchamos las palabras del primer psiquiatra en off, fuera de campo, palabras que Cristina parece no escuchar pues solo tiene en la cabeza una pregunta ¿cuándo podrá volver a competir? Más impactante es aún, cuando Cristina cambia de psiquiatra, ésta le habla de las pastillas, de cómo le están sentando y en un pequeño intento de preguntar sobre la vida de Cristina la conversación fracasa quedando absolutamente claro la impotencia de la psiquiatra para entrar en la vida de paciente y es que no hay que olvidar que la medicina se lleva a cabo en un dispositivo social que parece absolutamente inadecuado para tratar la palabra, la historia personal y la subjetividad de las personas.
Así que solo la hermana parece desde la incertidumbre dar un espacio a su hermana, acogerla, acompañarla y ver que ocurre. El papel del padre que lo realiza un más que eficaz, Alex Brendemühl que es capaz de transmitir a la perfección lo que Lacan llamó la deflación del padre. Y es que el padre contemporáneo está totalmente devaluado, desorientado, es un padre incapaz. En cambio, la hermana, una maravillosa Marina Salas, no solo acoge a su hermana, sino que le proporciona un lugar en el que habitar apartado y totalmente contrario al espacio de alta competición, la distancia estética y de valores entre el piso de la hermana y lo aséptico del centro alto rendimiento es brutal.
Natalia sustituye al padre en los cuidados, lo único que sabemos es que su madre murió en un accidente cuando ellas eran pequeñas. La hermana le brinda un lugar de escucha, aunque Cristina no está muy dispuesta a hablar, pero es la única que le brinda esa posibilidad. En esta situación la pregunta lógica aparece, tal vez mama no estaba bien. La explicación genética sobrevuela y aquí la respuesta que encuentra Natalia es que no todo tiene que suceder por un por qué. Es cierto que tenemos muy poca información sobre la vida de Cristina, pero son aspectos que parecen ser determinantes, el accidente traumático de la madre siendo muy pequeñas, un padre ausente, necesidad de reconocimiento por el Otro y cierta rivalidad o celos entre hermanas, aunque esto último se muestra de manera sutil.

¿Qué hacer con el sujeto del deseo?
Pero, aunque no sepamos las causas, vemos como el inconsciente es implacable y el síntoma no deja de insistir, una de sus características es la repetición, una vez más y poco a poco, Cristina decide seguir corriendo, al principio sin gran relevancia, aunque la tiene toda, porque vuelve a correr al club donde empezó, de su infancia, y de nuevo aparece la pulsión mortífera que parece la llevará de nuevo a lo peor.
Y entonces ocurre algo sorprendente y es que, si bien el padre y la hermana se unen para poner límites a Cristina y enfrentarse a ella para que vuelva al tratamiento, se revela una verdad y Natalia acaba apoyando a Cristina en su firme deseo de volver o mejor dicho de no dejar de correr. Y es que Cristina revela las causas de por qué corre. Confiesa que siempre ha sido así, que de pequeña tenía miedo porque escuchaba voces y realmente las escuchaba, no era solo cosa de niños, que buscó la manera de controlarlo, que corre porque corriendo es la única manera de aplacar las voces. Y ahora entendemos cómo podía dormir con esa música trallera y porque no puede dejar de correr, solo corriendo, mortificando al cuerpo puede controlar los síntomas. Es la forma que inventó desde su subjetividad para estar en el mundo. Tal vez es lo que puede acabar con ella, pero solo es posible que pueda soportar su ser y estar en el mundo corriendo. Y este es el dilema fundamental que hacer con el deseo del sujeto, que siempre es el deseo del Otro. Como poner límite a un goce mortífero en una sociedad además cuyo imperativo mayor es ¡GOZA! Qué salida, lo da más digna posible, dar a un sujeto cuya obsesión y paranoia ha estado a punto de acabar con su vida.
Natalia la mira y le dice, te acompaño a los campeonatos de España. Ante un padre paralizado, impotente e incapaz la hermana la acompaña sin dudar y realiza la función ausente, de hecho hay un límite sí, pero conmigo no sola.
El final de la película, si que puede ser discutido y discutibe, pues da una respuesta desde un lugar imaginario, desde el yo. Cristina gana la semifinal, no la celebra y marcha para seguir corriendo hasta caer desfallecida. Después le dice a la hermana de marchar, es como si Cristina se hubiera dado cuenta de algo. Pero Natalia en el coche le dice: ¿sabes que hubieras podido ganar? Y finalmente Cristina sonríe, reafirmándose. Es una respuesta narcisista, es como si finalmente Cristina hubiera vencido a sus demonios, hubiera superado a su hermana y a todos y hubiera entendido que correr no lo era todo. Al final la historia se cierra con un final “feliz” y amable.

A nivel cinematográfico
En cualquier caso, no es ni mucho menos una obra menor, es una gran película, una estimulante ópera prima que mantiene el nivel de un grupo de directoras jóvenes catalanas con mucho talento. Es una propuesta de gran formalismo, donde el fuera de campo juega un papel más que interesante, con pocos personajes, pero grandísimas actuaciones. Donde la gran ciudad más típica está ausente o excluida, y se juega con la periferia y lugares cotidianos, espacios urbanos del afuera. Y que a pesar de que aporta elementos para el debate tanto en el mundo de la salud mental, realidad psíquica, subjetividad y cómo en lo que supone ser una deportista de élite atravesada por la competitividad y la presión. Aquí lanzo una provocadora pregunta, ¿realmente siempre, siempre es bueno el deporte, acaso el deporte en la actualidad no es un lugar de excesos y de goce mortífero? La última critica seria al deporte se hizo en los años 70.
Pero así funciona el discurso del amo, con su imperativo máximo, GOZA y con sus respuestas que no son más que semblantes, o como ya advirtió Freud hace más de un siglo, distracciones poderosas, satisfacciones sustitutivas o narcóticos que anulan al sujeto.
Soy de los que piensan que el cine, el arte en general no tiene la responsabilidad, ni la fuerza para cambiar las cosas. Pero si produce subjetividad y sobre todo es un espacio para tomar la palabra, eso si partir de la imagen. Y de los registros propuestos por Lacan, lo simbólico y lo real solo nos quedaría lo real, pero para lo real el diván.




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