La bola negra: El deseo de poesía no hace poesía
El deseo de ser épico no te hace épico, la pretensión de hacer poesía no hace la poesía.
Atención puede contener spoiler.

La bola negra es una película ambiciosa, ampulosa, cuya pretensión y artificio excesivos le juegan en contra. Y es que no se transmite más amor o sentimientos por lo exagerado, por lo rococó, por la señalización continua de las emociones. Por querer que cada plano tenga tanta belleza, tanto significado que al final pierda su capacidad de conmover. El artificio rompe con su deseo poético.
El inicio es más que interesante: una escena que bien puede inspirarse en el mejor cine italiano, mostrando un costumbrismo con cierto realismo mágico, acaba en una tragedia que golpea al espectador por inesperada. A partir de ahí, la narración se articula en tres historias con las que se tarda en conectar y que, hasta bien avanzado el metraje, tienen momentos incluso algo soporíferos. El metraje, al igual que toda la película, es sin duda excesivo, al igual que algunas largas secuencias que uno se pregunta por el sentido que tienen en relación a la totalidad de la historia.
No obstante, la fotografía de la película es espectacular, al igual que el montaje, y toda la puesta en escena. Otro punto sin duda a destacar son las interpretaciones: todos los actores y actrices están a un gran nivel, en una búsqueda de una naturalidad que, en muchas ocasiones, queda desnaturalizada por el artificio escénico.
¿Y es que de qué va realmente la película? Mucho se ha hablado de Lorca, ha habido debates en los medios sobre si la perspectiva que los directores proponían de Lorca era de un planteamiento erróneo o no, en el sentido de si se había reivindicado suficientemente su homosexualidad o no. Pero no creo que sea el epicentro de la película, al igual como tampoco creo que el tema central sea la guerra civil.
La pregunta clave de la premisa de la película la enuncia un personaje femenino cuando afirma algo así como: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos». Este es el verdadero enigma por el que transita la película. Y desde esa perspectiva, la película se pone a trabajar e intenta adentrarse en las entrañas de la experiencia del deseo homosexual en distintas épocas y momentos.
Unos jóvenes que no pueden vivir su sexualidad con tranquilidad, que todo lo que viene del exterior es hostilidad, reproches, señalamiento, que incluso aquellos que les apoyan no pueden hablarles con claridad sino con medios sentidos o metáforas incompletas. La tragedia de enfrentarse a un mundo, de querer vivir acorde a su deseo sin ser atravesados por mandatos e imperativos que pretenden acabar con lo que son. Y la película expone con transparencia y claridad todo un universo de homosexualidad masculina, que tiene un enorme mérito más en estos tiempos en que el autoritarismo que parecía superado vuelve con furia inusitada y renovada. Desde esta perspectiva, la película ha tenido la capacidad de conectar con un variado público. La verdad es que alegra ver cómo la película ha llenado los cines de España y cómo la sala estaba llena de una diversidad de personas tal cual es la propia sociedad hipermoderna. En redes sociales, había una foto de dos jóvenes abrazados con gran emoción justo al acabar la película. Y eso pretende la película mostrar que la vida está llena de belleza en el deseo de amar.
Pero como decía antes, no basta por desearlo, la poesía necesita de algo más, los cuerpos desnudos de los jóvenes no transmiten sensualidad, ni siquiera esos primerísimos planos de la piel erizada de los bellos jóvenes transmiten la fuerza de un erotismo recargado y artificioso.
La música, que es muy potente, se empeña en remarcar absolutamente todo en todo momento, no dejando espacio al espectador a que digiera con calma lo que acontece, y la consecuencia no es estar abrumado o conmocionado sino lo contrario: la desconexión con la tragedia o con la belleza que nos propone la película.
Es difícil saber por qué hay películas que consiguen ese espacio de intimidad máximo con el espectador que puede llegar a lo más profundo de tu ser y cómo otras películas que lo tienen todo para conseguirlo se quedan en una fría superficialidad.
La película va sobre las herencias que recibimos, herencia que desde el psicoanálisis se reconoce como deuda simbólica, de lo que se trata es de qué hacer con esa deuda. Los personajes se ubican en ese dilema, Sebastián fascista, al parecer por azar y mala suerte, tendrá que decidir qué hacer con sus sentimientos crecientes hacia el reo que custodia. Carlos tendrá que decidir si enfrentarse a su padre y a todos o, por el contrario, inhibirse en la transgresión y ser aceptado por todos. Y Alberto tendrá que decidir qué hacer con la herencia de su abuelo, una herencia demasiado pesada para cargarla él solo, ni más ni menos el manuscrito de la última obra de Lorca. Los personajes relacionados entre sí y atravesados por una sexualidad que en el caso de Sebastián, Rafael y Carlos los aprisiona por el rechazo del otro, por la necesidad de ser aceptados, pero también ante la necesidad de aceptarse a ellos mismos, elementos que a todos les provocan renuncias que deberían ser inaceptables y con las que tienen que luchar hasta la extenuación.
En la lucha de Carlos en la nieve, metáfora que de nuevo no transmite la fuerza pretendida, es difícil entender el sentido, el porqué de repente aparecen unos esquiadores sin rostro o esa voz en off distorsionada. Esa escena representa más bien una especie de purgatorio naíf, impostado, metálico, donde la nieve blanca no cumple con la función poética del final trágico de Carlos.
Las mujeres de la película también tienen un papel destacado, aunque es difícil de entender qué aporta la aparición de Penélope Cruz, en una escena donde la sensación es de que se trata de un parche más que otra cosa, para que la actriz tenga cabida. Aunque sirva para articular parte de lo que Sebastián desea: dedicarse al mundo del espectáculo, tocar en un escenario, aunque, eso sí, en su caso sea sin ser visto. El personaje de Glenn Close, en cambio, es presentado como alguien lleno de saber, conocimiento y además reivindicación, como el sujeto-supuesto-saber. Esto se aprecia cuando Alberto le pide consejo sobre qué hacer con la obra, es una súplica a alguien que tiene un saber. De hecho, la respuesta, cuando dice algo así como que los españoles no sabemos qué hacer con lo que heredamos, se podría añadir no solo los españoles, todo el mundo tiene que apañarse con lo que hereda, con la deuda simbólica.
En cambio, al personaje de la madre de Alberto, la gran Lola Dueñas, no parece que los directores quieran salvarla. Presentada como una adicta, alcohólica y algo más, a quien todo el mundo abandona, es presentada en conflicto permanente con su hijo, algo que parece irresoluble. Aunque es cierto que al final de manera muy poco marcada parece cierto atisbo de acercamiento entre ellos. En cualquier caso, no hay redención posible a esta madre que abandona a su hijo, no al menos como la redención de su abuelo, que aunque también la abandonó a ella, queda claro que aunque con cierto sufrimiento fue para poder vivir acorde a su deseo, aunque claro está nunca del todo posible, siempre ha habido una censura, siempre han tenido que estar alerta aquellos que se atrevían a vivir su homosexualidad en libertad. Es curioso que el abuelo muestre interés por su nieto y nada de interés por su hija abandonada. Tal vez la excusa sea la sensibilidad artística de Alberto.
Destaco pues el impacto que la película está teniendo en lo social, y me alegro de que pueda haber películas como La bola negra, que ponga en el centro de la mirada social lo que es un injusto combate que tienen que lidiar las personas simplemente por expresar lo que otros ni se plantean.
Pero no veo poesía en su propuesta, no conmueve su amor, los cuerpos desnudos no me transmiten sensualidad, la piel erizada no muestra lo más profundo de la piel. Las metáforas poéticas las encuentro artificiosas, como su pretendida naturalidad.
Me quedo con su pregunta y su intención de dar cuenta de un enigma en el que hay que insistir, y me viene a la cabeza una última cuestión. ¿Puede el arte en cualquiera de sus manifestaciones modificar las subjetividades? ¿Forma el arte en general y el cine en particular parte de la emancipación? Es un debate a abrir sin dudas.

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