Deporte: el significante intocable
¿Por qué nos resulta tan difícil cuestionar el deporte?
En el post anterior terminábamos planteando una pregunta: ¿por qué nos resulta tan difícil cuestionar el deporte?

La propia palabra «deporte» parece contener ya una valoración positiva. Lo asociamos con salud, juventud, dinamismo, bienestar, esfuerzo y superación. El deporte aparece como algo beneficioso en sí mismo. Casi todo puede convertirse hoy en deporte y, cuando lo hace, parece adquirir inmediatamente un valor positivo.
Podríamos decir que el deporte es positividad social en acto. Parece tender siempre hacia el bien.
Resulta llamativo que mientras instituciones como el Estado, la empresa, la escuela o la familia, y ámbitos como la cultura o el arte, son sometidos permanentemente a crítica, el deporte parece escapar con mayor facilidad al cuestionamiento. Se ha convertido en una instancia social sólida y bien protegida.
Pero el deporte no es algo neutro, situado al margen de los conflictos sociales, los intereses políticos o la historia. Forma parte de la sociedad y de la cultura como lo hacen otras instituciones y manifestaciones sociales.
Y no siempre ha permanecido al margen de la crítica. En los años setenta, especialmente en Francia y Alemania, se produjo un cuestionamiento del sistema deportivo, de sus valores y de su ideología. Valores como el espíritu de equipo, la voluntad de vencer, la disciplina o el entrenamiento fueron cuestionados por su relación con los valores propios del capitalismo.
Ocio, tiempo libre y espectáculo
Uno de los principales factores del desarrollo del deporte moderno ha sido la aparición del ocio y del tiempo libre.
El deporte se desarrolla más allá de las fronteras del mundo del trabajo y se convierte en un medio privilegiado de recuperación, distracción y cultura. Desde sus inicios fomenta también la movilidad y el turismo. En este sentido, algunas características que atribuimos al deporte contemporáneo no son tan nuevas como podríamos pensar.
Pero la relación entre deporte y trabajo resulta más compleja. El deporte permite aliviar la fatiga y la monotonía corporal y afectiva propias del régimen de trabajo. Al mismo tiempo, el tiempo libre puede entenderse como la realización de la racionalidad del trabajo por otros medios.
Quizás por eso asistimos también a una progresiva deportivización de los pasatiempos.
El deporte se encuentra profundamente vinculado a la sociedad de masas, del espectáculo y del consumo. Parte de su fuerza reside precisamente en su capacidad para producir emoción. Ofrece suspense, incertidumbre y una narrativa cuyo desenlace desconocemos.
Como decía Woody Allen: «El deporte es mejor que el guion más perfecto porque no sabes cómo va a terminar».
Esa incertidumbre convierte el acontecimiento deportivo en espectáculo y en una importante fuente de emoción agradable. Pero también en un poderoso medio de identificación colectiva. Equipos, clubes y selecciones permiten construir pertenencias y compartir triunfos, derrotas, expectativas y decepciones.
Para muchas personas el deporte cumple, además, una función desrutinizadora: introduce emoción y sentido en una vida cotidiana marcada por la repetición.
Su importancia puede llegar incluso a adquirir una dimensión casi religiosa, ocupando parte del vacío dejado por el declive de la religión en la vida social. Un ejemplo particularmente llamativo lo encontramos en los aficionados del Liverpool que podían pedir que sus cenizas fueran esparcidas en Anfield.
Y junto al espectáculo aparece desde muy pronto otro elemento: la apuesta. Desde sus orígenes, determinadas competiciones deportivas estuvieron ligadas a ella. Los juegos podían organizarse en función de la apuesta y la búsqueda de nuevos récords podía verse estimulada por esa misma lógica.
Deporte y violencia: una relación ambivalente
Otra de las grandes funciones atribuidas al deporte ha sido la de canalizar la agresividad.
El deporte ofrecería un espacio donde descargarla y sublimarla. Su universo emocional es, además, relativamente simple y dual: victoria o derrota, alegría o decepción, triunfo o resentimiento.
Desde esta perspectiva, el deporte puede entenderse como una faceta característica del proceso de civilización. La violencia deja de ser directamente admisible y pasa a ser contemplada de forma vicaria: como espectáculo, simulacro, representación o alegoría.
Sin embargo, esta relación nunca ha dejado de ser problemática. Ya en los años sesenta se planteó seriamente el problema de la violencia en el deporte, una cuestión que continúa sin estar completamente resuelta.
¿Integración o exclusión?
Aquí empiezan a aparecer algunas de las principales contradicciones del deporte.
Por un lado, se presenta como una poderosa herramienta de integración y socialización. Por otro, en su interior pueden reproducirse situaciones de sexismo, clasismo, racismo, xenofobia, homofobia, transfobia o edadismo.
Algo semejante ocurre con la salud.
El deportista que busca el máximo rendimiento no fuma, cuida su alimentación, intenta descansar adecuadamente y somete su vida a una estricta disciplina corporal. Sin embargo, al mismo tiempo, puede verse empujado a llevar su cuerpo hasta el límite, entrenar o competir con dolor, asumir riesgos y continuar incluso cuando existe una lesión.
La pasión por el deporte puede conducir, paradójicamente, a asumir riesgos extremos para la salud con el objetivo de alcanzar el éxito.
El deportista que se hace a sí mismo
A todo ello se añade uno de los grandes relatos asociados al deporte contemporáneo: el del self-made man. Es el relato del deportista que ha llegado hasta arriba gracias exclusivamente a su esfuerzo. Messi, Cristiano Ronaldo o Lamine Yamal pueden presentarse bajo esta lógica: individuos que aparentemente se ha hecho a sí mismos, que han alcanzado el éxito por su talento, sacrificio y voluntad. El deportista aparece, así como causa de sí mismo: no debe nada a nadie.
El deporte se convierte entonces en uno de los lugares privilegiados para representar la ideología del esfuerzo y del éxito individual. Pero quizá convenga preguntarse qué queda fuera cuando explicamos el éxito únicamente de esta manera.
¿Siempre pensamos el deporte como algo beneficioso?
La consideración positiva que hoy atribuimos al deporte tampoco ha existido siempre.
A finales del siglo XIX se produjo en Francia una interesante tensión entre la gimnasia y la educación física, por un lado, y el deporte competitivo de inspiración inglesa, por otro.
La gimnasia podía justificarse mediante la higiene, la salud y la disciplina. El deporte, en cambio, despertaba sospechas porque introducía el enfrentamiento, el récord, el esfuerzo intenso y una mayor autonomía de los jóvenes. También chocaba con determinadas concepciones médicas del cuerpo.
Cuando Pierre de Coubertin intentó introducir los deportes ingleses en los establecimientos de enseñanza secundaria a finales de la década de 1880 encontró la oposición de médicos, católicos defensores de la gimnasia y otros pedagogos. La violencia asociada a deportes como el rugby constituía uno de los motivos de preocupación.
La brecha entre deporte y educación física se prolongaría durante décadas.
Resulta interesante contemplar esta discusión desde nuestro presente porque aquello que entonces podía despertar sospechas por sus posibles efectos sobre los jóvenes, hoy aparece frecuentemente como una actividad beneficiosa por definición.
Quizá por eso la cuestión no sea decidir si el deporte es bueno o malo. La cuestión puede ser más interesante: entender por qué ocupa un lugar tan privilegiado en nuestra sociedad, qué valores transmite, qué contradicciones contiene y, sobre todo, qué tipo de sujeto contribuye a producir.



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