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Deporte y rendimiento: ¿qué nos dice el deporte sobre nuestra sociedad?

hace 4 días
3 min de lectura

En el post anterior planteábamos una pregunta aparentemente sencilla: ¿Qué es el deporte? Vimos que encontrar una definición capaz de abarcar todo aquello que hoy llamamos deporte no resulta tan fácil. Pero quizás podamos plantear ahora la pregunta desde otro lugar: ¿qué nos dice el deporte sobre la sociedad en la que vivimos?

Una de las características fundamentales del deporte moderno es la búsqueda sistemática del rendimiento. Superar una marca, correr más rápido, saltar más alto, mejorar un registro. Siempre parece existir la posibilidad —y la exigencia— de ir un poco más allá.

En este sentido, existe una relación entre el rendimiento deportivo y el rendimiento industrial. El deporte moderno puede entenderse como un modelo característico de una sociedad cuyo eje se encuentra precisamente en el rendimiento productivo y competitivo. No parece casual, por tanto, que el deporte moderno, tal y como lo conocemos actualmente, surgiera en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX.

La revolución científica y tecnológica hizo posible también el desarrollo del deporte y su progresiva tecnificación. El cuerpo se convirtió en un objeto privilegiado de esta transformación: un cuerpo que puede ser entrenado, medido, comparado y llevado cada vez un poco más lejos.

Aquí encontramos una diferencia interesante respecto a la cultura griega. El cuerpo del atleta griego estaba condicionado por una concepción metafísica de lo finito y formaba parte de una totalidad espiritual, religiosa y moral. El deportista moderno, en cambio, se relaciona con una filosofía del progreso. Hemos entrado en la era de los registros.

Y el registro contiene siempre una promesa: puede ser superado.

De ahí la fascinación por el récord. El récord adquiere incluso un carácter enigmático, casi fetichista, porque abre permanentemente una pregunta: ¿hasta dónde podremos llegar? ¿Existen límites biológicos para la marca? ¿Hay una finitud en el deporte?

Pero la lógica del rendimiento plantea también otra cuestión. Si el objetivo consiste en seleccionar, competir y conservar a los más dotados, ¿qué ocurre con quienes no alcanzan el rendimiento esperado? La pregunta resulta especialmente pertinente cuando trasladamos esta lógica a las categorías inferiores y a los niños y niñas que empiezan a practicar deporte.

Quizás entonces el rendimiento deportivo no nos hable únicamente del deporte. Quizás nos diga también algo sobre la sociedad que lo ha convertido en uno de sus principales valores.

¿Es el deporte un hecho social total?

Pero reducir el deporte a la búsqueda del rendimiento sería insuficiente. Su importancia en las sociedades contemporáneas va mucho más allá de lo que ocurre en un terreno de juego, una pista o un estadio.

Resulta interesante abordar el deporte a partir de la expresión del antropólogo Marcel Mauss: el hecho social total. Es decir, entenderlo como un fenómeno a la vez social, político, económico, ideológico, simbólico, educativo e incluso artístico.

El deporte atraviesa sociedades, culturas y momentos históricos adoptando formas diferentes. Ha estado relacionado con la preparación para la guerra, la sublimación de la violencia, la diversión y el juego y, en las sociedades contemporáneas, con el ocio y el tiempo libre.

Su peso actual resulta difícil de ignorar. Como práctica, como actividad económica y como espectáculo, su presencia en la vida cotidiana supera la de muchas otras actividades. El deporte forma parte de nuestra cultura, del mismo modo que lo hacen el cine, el teatro o la danza.

Pero también cumple importantes funciones sociales. Una de ellas es ofrecer una posibilidad de promoción. El deporte funciona como una especie de sistema de jerarquía paralelo que permite mantener la esperanza de ascenso social. El fútbol profesional constituye quizá su ejemplo más evidente.

En este sentido, puede ejercer una función compensadora de las desigualdades sociales: ofrece la posibilidad de superar determinadas condiciones sociales mediante el éxito deportivo y satisface, al mismo tiempo, necesidades de participación y de justicia.

El deporte también socializa. Establece reglas, inculca disciplina y exige obedecer unas normas. Pensemos, por ejemplo, en niños que pueden presentar problemas de disciplina en la escuela y, sin embargo, aceptan las reglas cuando practican un deporte.

Además, puede actuar como elemento integrador, contribuir a la formación de identidades personales y colectivas, canalizar la agresividad y armonizar algunas de las divisiones presentes en el sistema social.

Todo ello nos lleva a una cuestión importante: ¿podemos comprender realmente el deporte si lo consideramos únicamente una actividad física?

Probablemente no. El deporte parece decirnos mucho más sobre una sociedad que aquello que sucede durante una competición.

Todo ello nos lleva a una cuestión importante: ¿podemos comprender realmente el deporte si lo consideramos únicamente una actividad física?

Probablemente no. El deporte parece decirnos mucho más sobre una sociedad que aquello que sucede durante una competición. Habla de rendimiento y progreso, pero también de disciplina, integración, desigualdad, identidad y promoción social.

Y quizás precisamente por ocupar un lugar tan importante en nuestras sociedades resulte pertinente plantear una nueva pregunta: ¿por qué nos resulta tan difícil cuestionar el deporte?

 

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